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Plantas que sanan, saberes que resisten: Jardines Botánicos

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  • 4 jun 2025
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: 19 jun 2025

Por Alejandra Bussalleu



El pasado viernes 30 de mayo se llevó a cabo la mesa de trabajo “Plantas Medicinales y Protección de Recursos Genéticos”, organizada por la congresista Susel Paredes. Esta mesa

tuvo como objetivo generar insumos para la elaboración de una Norma Nacional de Jardines Botánicos en el Perú.


La intervención de la Sociedad Peruana de Medicina Enteógena e Intercultural, representada por la investigadora Alejandra Bussalleu y el maestro Agustín Guzmán, giró en torno a la idea de los jardines botánicos no solo como colecciones de plantas, sino como espacios vivos donde se tejen relaciones entre naturaleza y cultura, donde se cuidan y reproducen tanto especies vegetales, como saberes, memorias y formas de vida.


¿Qué es un jardín botánico y por qué importa?

Un jardín botánico es un espacio organizado y gestionado con fines de conservación,

educación, investigación y uso sostenible de especies vegetales, incluidas plantas medicinales. Estos jardines pueden ser parte de instituciones científicas, comunidades locales, gobiernos regionales, o surgir de iniciativas colaborativas entre actores diversos. Más allá de su forma institucional, lo esencial es su propósito: vincular el conocimiento botánico con la cultura y la vida cotidiana.


Los beneficios de estos jardines son múltiples y están profundamente interconectados. En el

plano económico, pueden dinamizar economías locales a través del turismo, la producción de fitopreparados y el fortalecimiento de iniciativas comunitarias, como los huertos de plantas comestibles (1). En lo ambiental, cumplen funciones clave en la conservación de especies nativas y amenazadas: se estima que los jardines botánicos del mundo albergan más del 40% de especies en riesgo y al menos 35 que ya están extintas en su hábitat natural (1). Actúan también como sumideros de carbono, contribuyen a la purificación del aire y a la restauración de paisajes degradados (1).


Pero quizás el rol más potente —y menos visibilizado— de los jardines botánicos está en su

dimensión social. Son espacios de aprendizaje, revitalización cultural, encuentro intergeneracional y promoción de la salud pública (2). Diversas investigaciones, desde estudios de caso hasta intervenciones controladas, realizados en países como Suecia (3), Reino Unido (4), Australia (5) y Estados Unidos (6) muestran que el contacto con la naturaleza tiene efectos positivos sobre la salud mental, reduciendo el estrés, la ansiedad y mejorando el estado de ánimo (7). En muchos casos, los jardines terapéuticos son integrados como complemento en tratamientos para adultos mayores, personas con enfermedades crónicas, o con trastornos de salud mental (2, 5, 7, 8, 9, 10).


En el plano colectivo, se ha documentado cómo los jardines comunitarios fomentan la cohesión social y el bienestar. El programa del Jardín Real Botánico de Sidney, por ejemplo, ha logrado movilizar a más de 100 mil personas en 627 huertos comunitarios, promoviendo cambios de comportamiento hacia prácticas más saludables, como comer más vegetales y cocinar alimentos saludables con mayor regularidad, y fortaleciendo el sentido de comunidad (9). En el Reino Unido, el Arboreto de Westonbirt ha demostrado beneficios en jóvenes con autismo, adultos con problemas de salud mental o adicciones, y personas mayores con demencia (4). Y en Brooklyn, un programa de educación ambiental mostró que niños de barrios marginales mejoraron su autoestima, habilidades sociales y comprensión de conceptos científicos tras participar en actividades del jardín botánico local (6).


Investigación situada y revalorización de saberes tradicionales

Además de sus beneficios en la salud, los jardines botánicos representan una oportunidad

valiosa para promover una investigación situada, es decir, una producción de conocimiento

arraigada en el territorio, construida desde el diálogo con quienes poseen experiencia directa sobre el uso de las plantas. No se trata de imponer marcos externos, sino de facilitar el encuentro horizontal entre saberes tradicionales y científicos en condiciones más simétricas.En ese sentido, los jardines pueden convertirse en espacios donde se reconozca elconocimiento ancestral sin despojarlo ni descontextualizarlo, permitiendo investigaciones más éticas, pertinentes y transformadoras.


En Perú, existen jardines botánicos relevantes en términos científicos y educativos, como el

Jardín Botánico del Parque de las Leyendas, el Jardín Botánico de Plantas Medicinales del

Centro Nacional de Investigación Social e Interculturalidad en Salud del Instituto Nacional de Salud y el Jardín Botánico-Arboretum El Huayo. Según la Asociación Internacional de Jardines Botánicos para la Conservación, Perú cuenta con 13 jardines botánicos (11) repartidos entre Cajamarca, Cusco, Huánuco, La Libertad, Lambayeque, Lima y Loreto (12). Estos jardines, como en otras partes del mundo, se dedican a la investigación científica, con un enfoque en la conservación, la propagación, la taxonomía y la sistemática de las plantas. Cumplen también un rol importante en la educación y la promoción de la conciencia sobre la biodiversidad. Sin embargo, son pocos los espacios orientados a la investigación desde una mirada intercultural –y en específico la salud pública. Hay escasa documentación, poca articulación entre iniciativas, y ningún estudio sistemático que nos diga cómo están funcionando estos espacios, qué plantas están conservando, cuáles son sus usos específicos o cómo se articulan, por ejemplo, con sistemas de salud locales o con instituciones educativas.


Justicia epistémica

Lo arriba mencionado nos lleva directamente a una dimensión algo más profunda de la brecha que existe en la generación de conocimiento situado: la justicia epistémica. Para explicar este concepto, mencionaré primero qué significa lo opuesto. La injusticia epistémica es cuando personas de grupos históricamente marginados son injustamente excluidas o menospreciadas en su capacidad de producir y compartir su conocimiento, debido a prejuicios basados en su identidad social. En esencia, se trata de una injusticia que afecta la capacidad de una persona para ser reconocida como alguien cuya opinión y experiencia tienen valor en la construcción de conocimiento.


En este contexto, la justicia epistémica implica la valoración de distintos sistemas de conocimiento distintos al hegemónico –como el sistema médico amazónico, como la medicina andina, como los conocimientos ecológicos tradicionales– y reconocer que los pueblos indígenas, campesinos y locales no solo son usuarios de plantas, sino también productores de conocimiento ecológico y médico. Que sus saberes, transmitidos por generaciones, sostenidos en la práctica y creados en relación con la naturaleza, tienen valor propio y pueden dialogar genuinamente con otros sistemas. Los jardines botánicos pueden y deben ser espacios de restitución de estos saberes. No como vitrinas folclóricas, sino como territorios vivos donde se reconoce la importancia del conocimiento tradicional, se lo protege, se lo escucha y se lo comparte como parte viva y legítima del acervo colectivo.


Hoja de Coca

Creo importante mencionar el caso de la hoja de coca, que ilustra bastante bien esta disputa. La coca ha sido y sigue siendo una planta central para los pueblos andinos. Es medicina, es ritual, es memoria. Pero durante décadas ha sido estigmatizada, reducida en el imaginario global a su vínculo con la cocaína, negando su historia cultural y sus múltiples usos tradicionales. Incluir la hoja de coca en un jardín botánico no es un detalle menor ni simplemente un gesto simbólico: es un acto de reparación epistémica. Es decirle al mundo —y también a nuestras propias instituciones— que los saberes indígenas son válidos, que su exclusión sistemática ha sido una forma de violencia y que repararla empieza por reconocer públicamente su valor en espacios educativos, científicos y sanitarios.


Soberanía biocultural

Luego de mencionar la revalorización de los saberes tradicionales y restitución epistémica, es importante dar un paso más y preguntarnos: ¿quién tiene el derecho de decidir sobre esos saberes y sobre las plantas que los encarnan? Aquí es donde el concepto de soberanía

biocultural emerge: el derecho de los pueblos —especialmente los pueblos indígenas y originarios— a gestionar, proteger y decidir autónomamente sobre sus recursos biológicos y

sus conocimientos asociados. No es solo una cuestión de acceso a la biodiversidad, sino de

mantener viva la relación entre cultura, naturaleza y territorio. En este sentido, los jardines no son solo bancos de recursos genéticos, sino expresiones vivas de esta soberanía. Son lugares donde se materializa la posibilidad de cuidar el cuerpo, la salud, la tierra y la memoria colectiva al mismo tiempo.


En un mundo donde el conocimiento tradicional sigue siendo apropiado, patentado y estandarizado sin consentimiento, estos jardines son una forma de resistencia: resistencia frente a la biopiratería y resistencia frente al silenciamiento de las voces de quienes han cuidado las plantas por generaciones. Por esto, pensar en jardines botánicos es pensar en formas concretas de defender el derecho a cuidar la vida desde otras epistemologías, con otras prioridades, desde otras formas de relacionarnos con la vida.


El reto normativo

En Perú, aún no contamos con una política clara en esta materia. Existen jardines botánicos

con fines educativos o científicos, pero son escasos los que promueven una mirada intercultural o se articulan con los sistemas locales de salud y conocimiento. Falta documentación, articulación y apoyo institucional. Esta es una brecha que necesitamos cerrar, y es aquí donde una Norma Nacional de Jardines Botánicos puede marcar una diferencia. Al pensar en ella, propongo incorporar un enfoque claro de interculturalidad, salud pública y soberanía biocultural. Asimismo, esta norma debe garantizar la participación de comunidades en todas las etapas de diseño, implementación y gestión, y debe reconocer estos jardines como espacios de sanación, formación, investigación, y protección de saberes, prácticas y formas de habitar el mundo.


Para cerrar, quiero volver a la idea inicial: los jardines botánicos no son simples colecciones.

Son territorios de sentido. Son puentes entre generaciones y entre sistemas de conocimiento. En tiempos de crisis ecológica y pérdida cultural, los jardines son refugio y promesa. Son espacios donde se cuida la vida en todas sus formas.

Miembros de SOPEMEI junto a la Congresista de la República Susel Paredes y otros invitados, en el Congreso de la República del Perú
Miembros de SOPEMEI junto a la Congresista de la República Susel Paredes y otros invitados, en el Congreso de la República del Perú



Referencias

1. Smith, P., & Harvey-Brown, Y. (2018). BGCI technical review: the economic, social and

environmental impacts of botanic gardens.

2. Catahan, N., Hopwood, M., & Suraweera, P. (2024). Botanic garden tourism, social value, health, and well-being. Journal of Zoological and Botanical Gardens, 5(2), 187-199.

3. Sahlin, E. (2014). To stress the importance of nature: Nature-based therapy for the rehabilitation and prevention of stress-related disorders. Department of Work Science, Business Economics and Environmental Psychology, Swedish University of Agricultural Sciences.

4. O’Brien, L. (2018). Engaging with and shaping nature: A nature-based intervention for those with mental health and behavioural problems at the Westonbirt Arboretum in England. International journal of environmental research and public health, 15(10), 2214.

5. Truong, S., Gray, T., Tracey, D., & Ward, K. (2018). The Impact of Royal Botanic Gardens'

Community Greening Program on Perceived Health, Wellbeing, and Social Benefits in Social

Housing Communities in NSW.

6. Morgan, S. C., Hamilton, S. L., Bentley, M. L., & Myrie, S. (2009). Environmental education in

botanic gardens: Exploring brooklyn botanic garden's project green reach. The Journal of

Environmental Education, 40(4), 35-52.

7. Kohlleppel, T., Bradley, J. C., & Jacob, S. (2002). A walk through the garden: Can a visit to a

botanic garden reduce stress?

8. Vujcic Trkulja, M., Tomicevic-Dubljevic, J., Tosevski, D. L., Vukovic, O., & Toskovic, O. (2021).

Development of evidence-based rehabilitation practice in botanical garden for people with mental health disorders. HERD: Health Environments Research & Design Journal, 14(4), 242-257.

9. Tu, H. M. (2022). Effect of horticultural therapy on mental health: A meta‐analysis of randomized controlled trials. Journal of Psychiatric and Mental Health Nursing, 29(4), 603-615.

10. Joschko, L., Palsdottir, A. M., Grahn, P., & Hinse, M. (2023). Nature-based therapy in individuals with mental health disorders, with a focus on mental well-being and connectedness to nature—apilot study. International journal of environmental research and public health, 20(3), 2167.

 
 
 

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